MARTES:  15 de febrero de 2022

MEDITACIONES PARA LA PREDICACIÓN

Fr. Juan David OSPINA OSPINA, O.P.


Síntesis del Evangelio: “¿Aún no entendéis ni comprendéis?” (Mc. 8, 14-21)

Queridos hermanos, la primera lectura tomada de la carta del Apóstol Santiago nos enseña hoy que las barreras que se imponen a la obra de Dios vienen de nuestra parte y nunca de Dios. Muchos de nosotros tememos encomendarnos ciegamente a la voluntad de Dios, o incluso rehusamos tan siquiera decir en nuestra oración personal: “hágase Señor tú voluntad” porque tememos las implicaciones que ello pueda significar, sobre todo, cuando nuestra fe está puesta en un dios tentador, que se goza en las pruebas y zancadillas que pone en el camino de los cristianos a fin de confirmar su fe; Por cierto, nada más alejado de la realidad del Dios amoroso que Cristo nos ha revelado. Tememos entonces ofrecernos enteramente al Señor por miedo a que su voluntad venga acompañada de pruebas que quizás no seamos capaces de superar. De este modo se instala en nuestra vida un primer rechazo a la voluntad de Dios.

Por otra parte, un segundo error que solemos cometer los cristianos y que hoy es denunciado en el libro de los Hechos de los Apóstoles es el sentirnos indignos de Dios o de su bondad o de su palabra, o de los regalos y dones perfectos que nos vienen de arriba. El falso sentimiento de la indignidad es un error doble; en primer lugar porque por un lado al sentirnos sin el valor suficiente merecedor de la atención de Dios, significa negarnos y rechazarnos como creación de Dios; negar y rechazar que merecimos al resto de la creación; negar y rechazar que merecimos que Cristo fuera enviado para reconciliarnos con Dios Padre y para nuestra salvación, y es negar y rechazar que Dios sigue caminando en medio nuestro y que nos auxilia y nos sigue demostrando su amor a través de su Espíritu Santo. Y como consecuencia de esta primera falta llegamos al segundo gran error que solemos cometer a causa de sentirnos indignos, y es el negarnos al plan de vida eterna que Dios nos tiene preparados.

Estimados hermanos, de muchas formas y maneras Dios nos ha hablado desde el principio; en tiempos del pueblo de Israel nos habló a través de sus profetas, en tiempo de los Doce (Apóstoles) nos habló a través de Cristo, su Hijo amado, y en nuestros días nos sigue hablando a través de la acción del Espíritu Santo (Heb. 1, 1-12), y su mensaje siempre ha sido el mismo: Que nos ha elegido, que somos sus predilectos, que Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, que Él es el pastor y nosotros el rebaño que el guía, que es también el pastor que sale en busca de sus ovejas perdidas, que Él es el padre pródigo que siempre sale a nuestro encuentro, y más aún, es un Dios que no se complace ni desea la muerte del pecador, sino que quiere su salvación. Hermanos míos, ante tal insistencia de Dios, ¿qué nos queda hacer a nosotros sus hijos muy queridos? R/ Pues, como los gentiles, alegrarnos sin medida. La Invitación es a que nuestra respuesta sea una escucha atenta de su Palabra y un corazón que rebose de alegría al sabernos amados y llamados por nuestro nombre a gozar de los bienes eternos.

El Evangelio de San Marcos (8, 14-21) que hoy nos presenta la liturgia nos invita a poner nuestra confianza en la bondad de Dios. Confiarnos en la bondad de Dios significa tener la certeza de que no saldremos defraudados. La exhortación que hoy nos hace Jesús significa una invitación a confiar plenamente en Él y en su palabra. Hoy se nos desvela que no solo debemos CREER en Jesús, sino también debemos CREERLE a Jesús. Son muchas las gracias y bendiciones que Dios ha prometido para quienes crean en Él; Solo debemos decir sí y ponernos a andar en medio de los hermanos como mensajeros de Paz y como testigos de la alegría y de la satisfacción que trae consigo la entrega plena y confiada a Dios.

Hermanos míos si nuestros corazones se exaltan de gozo al recordar que nuestro Dios cumple sus promesas, pues que hoy rebosen de alegría porque el Señor a través del salmista nos ha dicho de nuevo que “firme es su misericordia con nosotros y su fidelidad dura por siempre” (Sal. 116). Amén.

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